EL CIELO
37
Los niños en el Cielo
329.
Algunos creen que sólo los niños nacidos dentro de la iglesia van al
cielo, pero no los que han nacido fuera de la iglesia; la causa dicen
ser que los niños dentro de la iglesia son bautizados y mediante el
bautismo introducidos en la fe de la iglesia; pero estos no saben que
nadie recibe el cielo por el bautismo, ni por la fe, porque el bautismo
es sólo un señal y para recordar que el hombre debe nacer de nuevo, y
que puede nacer de nuevo él que ha nacido dentro de la iglesia, puesto
que allí está el Verbo, en el cual se hallan las Divinas verdades, por
medio de las cuales se verifica el nacimiento nuevo; y allí es conocido
el Señor, de quien viene la regeneración. Sepan pues que todo niño, no
importa donde haya nacido, dentro de la iglesia o fuera de ella, de
padres píos o impíos, cuando muere es recibido en el cielo por el Señor,
instruido y conforme el orden Divino enseñado y penetrado por
inclinaciones al bien y mediante estas por conocimientos de la verdad;
luego, según va perfeccionándose en entendimiento y sabiduría, es
introducido en el cielo y es hecho un ángel. Todo hombre que piensa por
la razón puede saber que nadie ha nacido para el infierno, sino todos
para el cielo; que el hombre mismo tiene la culpa si va al infierno, y
que los niños no pueden tener culpa alguna.
330. Los
niños que mueren son niños también en la otra vida, tienen el mismo
carácter infantil, la misma inocencia por la ignorancia, la misma
delicadez en todo; se hallan meramente en sus principios a fin de que
puedan llegar a ser ángeles; porque los niños no son ángeles, pero
llegan a ser ángeles. Cada uno que sale del mundo vuelve a encontrarse
en el mismo estado de su vida, un niño en estado de niño, un párvulo en
estado de párvulo, un joven, un hombre, un anciano, en estado de joven,
de hombre y de anciano; pero el estado de cada uno cambia luego. El
estado de los niños es superior al estado de los demás, porque están en
inocencia, y en ellos no está todavía arraigado el mal por la vida
misma, y la inocencia es tal que en ella pueden ser implantadas todas
las cosas del cielo, porque la inocencia es el receptáculo de la verdad
de la fe y del bien del amor.
331. El
estado de los niños en la otra vida es muy superior al estado de los
niños en el mundo, porque no se hallan revestidos de un cuerpo
terrestre, sino que tienen un cuerpo parecido al de los ángeles. El
cuerpo terrestre en y por sí mismo es pesado; no recibe las primeras
sensaciones y primeras emociones desde el interior o sea del mundo
espiritual, sino desde el exterior o sea del mundo natural, por cuya
razón los niños en el mundo aprenden a andar, a gesticular y a hablar;
hasta sus sentidos, como el de la vista y el del oído, se han de abrir
mediante el uso. No así los niños en la otra vida; estos por ser
espíritus, obran inmediatamente por sus interiores, andan sin aprender,
hablan también, pero al principio por inclinaciones comunes, aún no
formuladas en las ideas del pensamiento; pero pronto se inician también
en estas, por la razón de que sus cosas exteriores son homogéneas a sus
cosas interiores. Que el habla de los ángeles viene de las
inclinaciones, variando mediante las ideas del pensamiento, de manera
que su habla es del todo conforme a sus pensamientos, que vienen de la
inclinación, puede verse arriba (n. 234-245).
332. Tan
pronto como resucitan los niños, lo cual hacen inmediatamente después de
la muerte, son conducidos al cielo y allí entregados a ángeles que son
del sexo femenino, quienes en la vida de su cuerpo amaban tiernamente a
los niños y también a Dios. Estas, puesto que en el mundo amaban a los
niños con ternura casi maternal, les reciben también como suyos, y los
niños, por implantada tendencia, les aman por su parte, como si fuesen
sus madres. Con cada una se hallan tantos niños como ella, por amor
maternal espiritual, deseca. Este cielo se halla delante de la región de
la frente, directamente en la línea o radio en que los ángeles miran al
Señor. Este cielo está situado allí por estar todos los niños bajo el
inmediato auspicio del Señor. Influye asimismo en ellos el cielo de la
inocencia, que es el tercer cielo.
333. Los niños son de diversas
índoles, algunos son de la índole de los ángeles espirituales, algunos
de la índole de los ángeles celestiales; los niños que son de índole
celestial aparecen en ese cielo a la derecha; los que son de índole
espiritual, a la izquierda. Todos los niños en el Máximo Hombre, que es
el cielo, se hallan en la provincia de los ojos, en la provincia del ojo
izquierdo los que son de índole espiritual, y en la provincia del ojo
derecho los que son de índole celestial; y esto por la razón de que el
Señor aparece a los ángeles que están en el reino espiritual delante
del ojo izquierdo, y a los que están en el reino celestial ante el ojo
derecho (véase arriba, n. 118). Por hallarse los niños en, la provincia
de los ojos del Máximo Hombre, que es el cielo, resulta también evidente
que los niños se hallan bajo la inmediata vista y auspicio del Señor.
334. De
que manera los niños se educan en el cielo se dirá también en pocas
palabras. Sus institutrices, les enseñan a
hablar; su habla es al principio el mero sonido de la
inclinación, haciéndose gradualmente más distinta a medida que entra en
las ideas del pensamiento; porque las ideas del pensamiento, que procede
de la inclinación, determinan todo hablar angelical (de cuyo particular
véase arriba en su artículo, n. 234-245). En sus inclinaciones, todas
procedentes de su inocencia, se introducen primeramente tales cosas que
aparecen ante los ojos y que son gratas; y siendo estas cosas de origen
espiritual influyen en ellas al mismo tiempo las cosas que son del
cielo, mediante las cuales se abren sus interiores, y así son
diariamente perfeccionados. Después de ser pasado esta primera edad son
trasladados a otro cielo, donde les instruyen preceptores, y así
adelante.
335. Los
niños se instruyen principalmente mediante representaciones, adaptadas a
su ingenio, y cuan hermosas son, llenas desde el interior también de
sabiduría, jamás se puede creer. Así se les proporciona un entendimiento
que tiene su alma del bien. Dos representaciones que me ha sido
permitido ver, me es lícito referir aquí, pudiendo por ellas formarse
idea de las demás. Primero representaron al Señor, levantándose del
sepulcro, y también la unión de Su Humano con Su Divino; lo cual
hicieron de una manera tan sabia que excedía a toda sabiduría humana, y
al mismo tiempo de una manera inocente infantil. También presentaron la
idea de un sepulcro, sin presentar al mismo tiempo la idea del Señor,
más que de una manera lejana, que apenas dejó percibir que era el Señor,
y únicamente a una distancia por la razón de que en la idea del sepulcro
hay algo de fúnebre, que de esta manera alejaron. Luego introdujeron en
el sepulcro con suma delicadeza una cosa atmosférica que tenía la
apariencia de una tenue sustancia acuática, mediante la cual, y con el
mismo alejamiento que antes indicaron la vida espiritual en el bautismo.
Luego los vi representar el descenso del Señor a los cautivos, y su
ascensión con ellos al cielo, lo cual hicieron con incomparable
delicadeza y piedad y siguiendo la idea de su mente infantil, echaron
pequeñas cuerdas, casi invisibles, muy flexibles y sumamente finas, con
las cuales se proponían elevar al Señor en la ascensión; siempre con
santo temor de que detalle alguno de la representación viniere en
contacto con cosas que carecieren de espiritual y celeste. Además vi
otras representaciones, que suelen ejecutar, y mediante estas como por
juegos, adaptados al ánimo infantil, son inducidos a adquirir
conocimientos de la verdad e inclinaciones al bien.
336. El
carácter de su tierno entendimiento me ha sido también manifestado.
Mientras oraba la oración Dominical, influyendo ellos entonces desde sus
cosas intelectuales en las ideas de mi pensamiento, percibí que su
influjo era tan tierno y suave que casi era la mera inclinación, y al
mismo tiempo percibí que sus cosas intelectuales se hallaban abiertas
hasta el Señor, porque lo que venía de ellos venía como por trasmisión.
El Señor influye de preferencia, desde lo más íntimo, en las ideas de
los niños, porque no están obstruidas como las de los adultos; ningún
principio falso les impide entender la verdad, ni hay mala vida, que les
impide recibir el bien, o la sabiduría. Puede por esto ser claro que no
inmediatamente después de la muerte entran los niños en el estado
angelical, sino que son sucesivamente introducidos en este estado
mediante conocimiento del bien y de la verdad, y esto según y coniforme
todo el orden celeste, porque las más mínimas cosas de su carácter son
conocidas por el Señor. Es pues de completo acuerdo con su inclinación
hasta en sus mínimos detalles, que son inducidos a recibir las verdades
del bien y los bienes de la verdad.
337. De
que manera se les insinúa todo por medio de cosas gratas y amenas
adaptadas a su genio, me ha sido igualmente manifestado.
Me ha sido dado ver a niños ataviados con mucho adorno; llevaban
alrededor del cuello guirnaldas de flores relucientes de hermosos
colores celestiales, y también alrededor de sus tiernos brazos. Una vez
me ha sido dado ver a niños con las damas encargadas de su educación,
acompañados de doncellas en un jardín paradisíaco,
hermosamente adornado no tan sólo con
árboles sino con arcadas de cierta especie de laureles y por
consiguiente pórticos por los cuales se entraba al interior, y los
niños, entonces vestidos de la referida manera, parecían un grupo de
flores que se destacaba sobre la entrada alegremente. Que sirva esto
como un ejemplo de como son los entretenimientos que tienen, es decir,
que mediante cosas gratas y amenas son introducidos en los bienes de la
inocencia y del amor al prójimo, cuyos bienes son por el Señor siempre
introducidos en estas cosas gratas y alegres.
338. Por
un medio de comunicación, común en la otra vida, se me ha manifestado
como son las ideas de los niños al observar un objeto, era como si sus
ideas estuvieren vivas hasta en sus mínimos detalles. Hay, pues, vida en
cada idea particular de su pensamiento; y he percibido que los niños en
la tierra tienen ideas casi similares, cuando se hallan ocupados en sus
juegos, porque todavía no tienen, como los adultos, idea de lo que son
las cosas inanimadas.
339.
Antes se ha dicho que los niños son de genio, o bien celestial o bien
espiritual. Los que son de genio celestial se distinguen marcadamente de
los que son de genio espiritual. Los primeros piensan, hablan y obran
con suavidad; apenas se nota en ellos más que lo que procede del bien
del amor al Señor y a otros niños. Los últimos menos suavemente,
notándose cierta cosa como algo alado y vibrante, en todo cuanto hay en
ellos; también se distinguen por su manera de enojarse; y por otras
cosas características.
340.
Muchos pueden imaginarse que los niños permanecen niños en el cielo, y
que están como niños entre los ángeles. Los que ignoran lo que son los
ángeles han podido confirmarse en esta creencia por los cuadros en los
templos y en varios lugares, donde se representa a los ángeles como
niños; pero en realidad es muy diferente. La inteligencia y la sabiduría
hacen el ángel, y mientras los niños no las poseen, se hallan por cierto
entre los ángeles, pero no son ángeles; cuando, por otra parte, han
llegado a ser entendidos y sabios, entonces y no antes son hechos
ángeles; y, de lo cual me he asombrado, entonces no tienen estatura de
niños, sino de adultos, porque entonces dejan de tener un genio
infantil, adquiriendo un genio angelical más desarrollado. La
inteligencia y la sabiduría traen esto consigo, que los niños, conforme
van perfeccionándose en inteligencia y en sabiduría, presentan una
estatura más crecida, como la de adolescentes y jóvenes, es porque la
inteligencia y la sabiduría son su verdadero alimento espiritual; por lo
cual lo que nutre a sus mentes, nutre también a sus cuerpos, y esto
igualmente por virtud de la correspondencia, porque la forma del cuerpo
no es más que la forma exterior de las cosas interiores. Es de notar que
los niños en el cielo no crecen más que hasta la primera juventud, y en
ella permanecen eternamente. a fin de que supiera con certeza que esto
es así, se me fue dado hablar con algunos quienes como niños habían sido
educados en el cielo, habiendo adolecido allí; con algunos también
mientras que eran niños, y luego con los mismos cuando eran jóvenes y
por ellos aprendí el curso de su vida de una edad a otra.
341. Que
la inocencia es receptáculo de todas las cosas del cielo, y que por
consiguiente la inocencia de los niños es la base de toda la inclinación
al bien y a la verdad, puede ser claro por aquello que antes (n.
276-283) se ha expuesto acerca de la inocencia de los ángeles en el
cielo, es decir, que la inocencia es querer ser conducido por el Señor y
no por sí mismo; por consiguiente que el hombre se halla en inocencia en
la medida en que se halla apartado de su propio, y cuanto se halla uno
apartado de su propio tanto se halla en lo propio del Señor. Lo propio
del Señor es lo que se llama la justicia y el mérito del Señor. Pero la
inocencia de los niños no es la inocencia genuina, puesto que aún carece
de sabiduría; porque cuanto uno es sabio tanto quiere ser guiado por el
Señor, o lo que es lo mismo, cuanto uno es guiado por el Señor tanto es
sabio; los niños son también conducidos de la inocencia exterior en la
que al principio se hallan, y que se llama la inocencia de la infancia,
a la inocencia interior, que es la inocencia de la sabiduría. Esta
inocencia es el fin de toda su instrucción y progreso; y por lo tanto,
cuando llegan a la inocencia de la sabiduría, se une a ellos la
inocencia de la infancia, la cual entretanto les ha servido por base. He
visto representado la naturaleza de la inocencia de los niños, mediante
cierta sustancia parecida a madera, casi exánime, la cual adquiere vida
conforme van perfeccionándose mediante conocimientos de la verdad e
inclinaciones al bien; y luego se me ha enseñado como es la genuina
inocencia, mediante la presentación de un hermosísimo niño, vivo y
enteramente desnudo; aquellos que son la inocencia misma, que están en
el íntimo cielo, y por eso más próximos al Señor, aparecen a los ojos de
los demás ángeles como niños, y por cierto desnudos, porque la inocencia
es representada por una desnudez, que no causa rubor, como se ve por el
primer hombre y su esposa en el paraíso (Génesis, cap. 2: 25), por lo
cual, cuando hubieron perdido su estado de inocencia, se ruborizaron de
su desnudez, y se escondieron (cap. 3: 7, 10, 11). En una palabra,
cuanto más sabios son los ángeles tanto más parecen niños los unos a los
otros. Por esto es que en el Verbo "infancia" significa inocencia (véase
arriba, n. 278).
342. He
hablado con los ángeles acerca de los niños, si son libres de males,
puesto que no tienen mal actual y efectivo como los adultos; pero se me
fue dicho que no obstante se hallan en el mal tanto como los adultos,
hasta el punto de que no son más que maldad, pero que ellos, como todos
los ángeles, son detenidos del mal y mantenidos en el bien por el Señor
hasta el punto de que les parece como si fueran buenos de y por sí
mismos; por lo cual los niños después de haber llegado a ser adultos en
el cielo, a fin de que no están en la falsa opinión respecto a sí mismo,
de que el bien en ellos procede de ellos mismos y no del Señor, son a
veces reintroducidos en sus males que recibieron por herencia, y
abandonados a ellos hasta que sepan, reconozcan, y creen que
verdaderamente son así. Cierto ángel que había muerto como niño y había
crecido a adolescencia en el cielo, tenía tal opinión; era hijo de
cierto rey; fue por lo tanto reintroducido en la vida de males que le
era innata y percibí entonces, por su esfera de vida, que tenía deseo de
dominar sobre otros, y que en nada estimaba el adulterio, cuyos males
tenía como herencia de los padres, pero después de haber reconocido que
tenía tal naturaleza, fue de nuevo admitido entre los ángeles con los
cuales estaba antes. Nunca sufre uno en la otra vida castigo por el mal
heredado, puesto que no es suyo y que por consiguiente no tiene la culpa
de que es así; sino por el mal actual, que es suyo propio; es decir,
tanto como se apropia del mal hereditario mediante actos de la vida. Los
niños que han alcanzado la edad de adolescencia no son reintroducidos en
el estado de su mal hereditario con el objeto de que sufran castigo,
sino para que sepan que en sí mismos no son más que mal, y que por la
misericordia del Señor son apartados del infierno, que está en ellos, y
convertidos al cielo; que no se hallan en el cielo por mérito propio
sino por el Señor, que por lo tanto no se jacten delante de otros del
bien que está en ellos puestos, que esto es contrario al amor mutuo y
asimismo contrario a la verdad de la fe.
343.
Varias veces, hallándose conmigo número de niños simultáneamente,
formando coro, se ha dejado oír como una banda desordenada, no obrando
aún como uno, de la manera que obran cuando llegan a ser más crecidos;
y, lo que me asombró, los espíritus que
se hallaban conmigo no podían abstenerse de inducirles a hablar. Este
deseo es innato en los espíritus. Pero cada vez observé que los niños se
repugnaban y no querían hablar así; la resistencia y la repugnancia, que
tenían cierto carácter de enojo, apercibí a menudo, y cuando tuvieron
ocasión de hablar, dijeron solamente: "No es así." Se me ha informado que así es la
tentación de los niños, a fin de que se acostumbren no sólo a resistir
la falsedad y el mal y a iniciarse en esa resistencia, sino también a
acostumbrarse a no pensar, hablar ni obrar por inducción de otros, por consiguiente a no
dejarse guiar por persona alguna más que por el Señor.
344. Por
lo aquí referido puede ser claro cual y como es la educación de los
niños en el cielo; es decir, que por el entendimiento de la verdad y de
la sabiduría del bien son introducidos en la vida angelical, que es amor
al Señor y amor mutuo, en el cual hay inocencia; pero cuan opuesta es la
educación de los niños en la tierra puede ser evidente entre muchos por
este ejemplo: me encontré en la calle de una ciudad grande y vi a unos
párvulos reñir entre sí; una multitud de gente se agolpó, mirando esto
con mucho deleite, y se me dijo que los mismos padres incitaban a los
párvulos a tales riñas; los buenos espíritus y ángeles que vieron estos
por mis ojos sintieron tanta aversión que experimentaron grande horror y
sobre todo porque los padres les incitaban a ello, dijeron que de esta
manera extinguen en la primera edad todo amor mutuo y toda inocencia que
los niños tienen del Señor; iniciándoles en odios y sentimientos de
venganza; por consiguiente que por su propio esfuerzo excluyen sus niños
del cielo, donde no reina más que el amor mutuo. Guárdense, por lo
tanto, de tales cosas los padres que desean el bien a sus niños.
345.
También se dirá cual es la diferencia entre los que mueren siendo niños
y los que mueren cuando son adultos. Los que mueren adultos tienen y
llevan consigo una base adquirida del mundo terrestre y material. Esta
base es su memoria y su inclinación corporal y natural. Esto permanece
entonces fijo y en un estado latente; pero no obstante sirve a su
pensamiento después de la muerte como plano interior, porque en ello
influye el pensamiento. De ahí viene que cual este plano es, y la manera
de corresponder lo racional con todo lo que allí hay, tal es el hombre
después de la muerte. Los niños, por el contrario, que han muerto siendo
niños y que han sido educados en el cielo no tienen tal plano, sino un
plano natural y espiritual, puesto que nada sacan del mundo material y
del cuerpo terrestre por lo cual no pueden tener tan groseras
inclinaciones ni los consiguientes pensamientos; porque sacan todo del
cielo. Además los infantes ignoran que han nacido en el mundo y creen
haber nacido en el cielo; por cuya razón no conocen otro nacimiento que
el nacimiento espiritual, el cual se verifica mediante conocimientos del
bien y de la verdad y mediante el entendimiento y de la sabiduría, por
virtud de las cuales el hombre es hombre. Puesto que estas cosas son del
Señor creen y aman a creer que son del Señor Mismo; pero el estado de
los hombres que envejecen en la tierra puede no obstante llegar a ser
tan perfecto como el estado de los niños que crecen en el cielo, si los
primeros apartan los amores corporales y terrestres, que son los amores
a sí mismo y al mundo, recibiendo en su lugar los amores espirituales.
|
Elsiguiente capítulo[38] §§ 346—356 Los sabios y los sencillos en el Cielo El capítulo previo[36] §§ 318—328 Situación de los no cristianos o de los que están fuera de la Iglesia, en el Cielo |